Ayer no hubo columna.


Se fue Salvador… y su partida nos quebró.


Me pareció que sostener a mi hermano justificaba no cumplir con la editorial de Radio Mágica, pero hoy cambié de idea. No puedo no escribirla. Lo hago en estado de emoción profunda y lo confieso, aunque sea un detalle que quizás a vos, cuando leas, no te importe nada.


No puedo contarte detalles familiares sobre Salvador, corresponden a la intimidad de la familia de mi hermano Marcos. Pero creo que no violo ninguna privacidad si te cuento que cuando nació le pusieron Salvador… porque si nomás, por un designio que nunca me explicaron, pero que la vida se encargó de dejar bien claro. Vino a salvarnos y lo hizo. Rescató a todo aquel que lo haya conocido. Y lo hizo sin fijar la mirada, sin decir jamás en 19 años una palabra, sin ponerse de pié, caminar o abrazar a sus padres. Y vaya si lo hizo. Hizo una familia heroica.


Ni loco usaría la magia para explicarlo. No fueron actos mágicos. Fue puro amor. Aleccionador, dedicado y sanador amor.


Ante la imagen de la familia de mi hermano Marcos abrazada rezando delante de la tumba de su hijo Salvador, entendí que no nos había abandonado un ángel sino un alma humana, inocente y pura de categoría superior. Sentí que esa imagen, además le daba significado al concepto de Patria… porque ¿Qué es la patria sino donde está enterrada carne de tu carne?


No puedo ni imaginar lo que debe ser la perdida de un hijo, de hecho, ni siquiera hay una palabra que lo exprese. Pero igualmente, por mas doloroso que sea, me gustaría que en cada hogar, en cada familia de mi Patria recibieran la bendición de tener la visita de un Salvador. Nos haría mejores, superiores, para merecer el lugar donde vivimos.


Que así sea.



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