(Editorial de Juan Martín Perkins) Al cabo de un tiempo, uno aprende a tomar consciencia de las muchas cosas en que el hombre está limitado, pero también, la infinidad de potencialidades que la adversidad le obligará a desarrollar.

La montaña te marca los límites. De arranque, lo primero que te quita es el horizonte. El primer mensaje es: hasta acá y no te hagas el loco.

La belleza es tan impactante!!. A veces  no nos permite ver más allá del enamoramiento a primera vista. Pero hay que reflexionar para ver un poco más allá de nuestro tan típico pensamiento mágico.

Somos, especialmente los argentinos, muy proclives a ver la realidad que nos rodea, bajo el prisma del pensamiento mágico que nos pone como espectadores y jueces de algo que “simplemente ocurre”.

De San Martín camino a Chile por paso Hua Hum, a poco andar después de pasar por las playitas de Yuco, hay un lugar que pasa inadvertido si no vas prestando atención.

La Estancia Quechuquina, que supo ser una forestal maderera, es ahora también una casa de té y restaurant.

Queda cerca del estrecho donde termina el Lago Lácar y empieza el Nonthué, lugar que parece estar dentro del promedio de belleza de la zona de selva valdiviana, característica en la frontera con el sur de Chile. Lugar que parece Mágico, pero no lo es.

Uno entra por una tranquera que no dice mucho a un bosque con pendiente suave por una huella serpenteante. Millones de árboles y pastizales floridos surcados por hilos de agua, ponen música al compás del sonido de las aves y el viento.

De repente, estamos en un abra y se aparece una simpática y acogedora villa de montaña. Entonces, estás en Quechuquina… entre canteros de flores y aromáticas, senderos coloridos por lupinos y retamas, donde te atenderán maravillosamente y te servirán un té con riquísimas tortas.

Al terminar y antes de bajar al lago te ofrecerán un libro para que escribas tu mensaje.

En ese libro pude ver todo tipo de exclamaciones de admiración. La mayoría, por no decir todas, hacían referencia a que habían disfrutado de un “lugar mágico”.

Bajé al lago meditando sobre lo que escribiría en la columna. Con la ayuda de un bastón de colihue del lugar, seguí un sendero entre lupinos y retamas en flor. Azul y amarillo bien xeneize me acompañaron hasta el agua. Dios creó el marco perfecto… ¿Pero la disposición de esas hileras de álamos? ¿Y este par de robles de 60 años? ¿Aquellos pinares?

No hay nada mágico. Todo es trabajo, dificultad, perseverancia, paciencia, volver a empezar una y otra vez. En todos los casos, más que una varita mágica, lo que hubo es el paso de un inmigrante, alemán o inglés… o francés. Lo que hubo fue algún intrépido que se lanzó a la aventura de maderear en los lagos del sur. Y se metieron, plantaron y aserraron a fuerza de bueyes y caballos. Hicieron casas, establos, galpones, muelles; abrieron los caminos e hicieron los puentes.

Contra viento y marea, incendios, terremotos, derrumbes, nevadas, distancias y soledades; lo hicieron y cuando murieron, no se llevaron nada. Acá dejaron todo en una mesa de té servida por la nieta de un pionero. De mágico no tiene nada.

Quiero que lo pienses… y cuando vengas, si tienes la suerte, levantes la vista y aprendas a ver.

Como fui aprendiendo yo que lo que sirve es lo que queda después del amor a primera vista.

Nada de Magia. Hombres y mujeres con sueños, trabajo, trabajo, trabajo, naturaleza y Dios.

Eso es la cordillera para mí, como la bandera argentina que ondea en cada lugar escondido, paraíso en la tierra.

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