Al terminar la columna sobre Don Pancho Ramos ya tenía la certeza de que la próxima sería sobre los “Libres del Sur”. Venía embalado por una amiga lectora que me dijo que tengo cierta habilidad para resaltar la emotividad de las historias… hasta que algunos descendientes de Don Pancho me marcaron algunos errores, involuntarios por cierto. No es fácil incursionar en la historia argentina. De todo hemos hecho un Boca-River, de la historia también.
Mucha gente cree que la grieta es cosa de última generación, como si nunca hubieran visto un manual Kapeluz

Hablar de Unitarios y Federales, todavía, te hará comprobar que hay heridas que no cierran ni en 200 años.

Pero obviemos esta parte de la historia de la grieta. Había guerra civil. Carnicería entre hermanos. Intereses económicos, políticos, la Patria, la religión, todo mezclado en la olla de un país que buscaba cómo organizarse, pero todavía no tenía ley y estaba plagado de miserias y mezquindades, pero también de historias con un gran romanticismo.

Si googleas “Libres del Sur” te aparece un partido político de Humberto Tumini,  Jorge Ceballos, Victoria Donda y otros, fundado en 2006 para agrupar organizaciones sociales y bla bla bla… No te deprimas, no es de estos libres del sur de plástico que quiero contarte.

Los “Libres del Sur” de los que te quiero contar son los hijos y yernos de Don Pancho, aquel patriarca de los indios Pampas que vivía en Miraflores hasta que fue desalojado por el General Martín Rodríguez.

No perderé tiempo en los datos históricos enumerando batallas, fechas, nombres y demás detalles que podés obtener con un par de clicks. Sí quiero referirme, especialmente a la “Columna de Bronce”.

Empiezo por pedirte que imagines la época, la edad de los protagonistas, los viajes a caballo de provincia en provincia, de batalla en batalla 100 leguas para aquí y 200 para allá. Saltar de Dolores a Chascomús y después a Corrientes. Luchar contra Buenos Aires y después ir a la Toma de Santa Fe.

Don Cristóbal y Sauce Grande, Quebracho Herrado y Famaillá siempre a las órdenes del General Lavalle.

Juan Lavalle, aquel soldado valiente del que San Martín decía que era un león al que solo había que sacar de la jaula para librar las batallas.

Matías Ramos Mejía, hijo de Don Pancho, integró la “Columna de Bronce” que acompañó los restos del General Lavalle hasta Potosí. También estaban sus hermanos Ezequiel y Francisco y sus cuñados Madero y De Elía Álzaga, Juan  Pedernera y Pedro Lacasa, Juan Estanislao del Campo y Alejandro Danel entre otros.

Hombres que no abandonaron a su General en la derrota y el ocaso. Ni siquiera muerto lo abandonaron a Lavalle. El enemigo no tuvo su cadáver y su cabeza no paseó en la punta de una lanza.

Gracias a hombres leales con mucho fuego en el alma y nada de egoísmo en el corazón.

Asesinado el General en San Salvador de Jujuy, lo cargaron sobre su caballo envuelto en la bandera, cual mortaja, y emprendieron el último viaje a través de la quebrada de Humahuaca.

Rosas, implacable, ordenó a Oribe darles caza. Vivos o muertos.

La pasión y muerte del General Lavalle es un capítulo histórico que desborda romanticismo heroico sobre el cual se han escrito maravillas. Entre ellas, la de Sábato en “Sobre Héroes y Tumbas”.

Pero el tema de hoy no es la pasión y muerte del general sino la suerte que corrieron sus hombres de la leal “columna de bronce”.

Imaginemos a esta partida de valientes cabalgando rumbo al norte, trepando la cuesta para entrar en la quebrada. La misión era defender el cadáver del general que se empezaba a descomponer. Marchan día y noche con Oribe y los federales pisándoles los talones.

Según la grieta, unos, los salvajes e impíos, otros, la santa federación. Unos y otros, todos caballeros, gauchos argentinos que guerreaban matándose entre sí derrochando coraje y sangre gaucha.

El general se pudre, hay que descarnarlo.

Alejandro Danel, hace de cirujano (como su padre). Rodilla a tierra ante el cuerpo nauseabundo de su amado general, procede a descarnar sus huesos a punta de facón y bayoneta.

“La Columna de bronce” fue mudo testigo de la ceremonia a orillas del arroyo Huacalera. Heroico y romántico cuadro acorde a la inmensidad de la Quebrada.

He leído que Ramos Mejía envolvió los huesos con la bandera y su poncho celeste.

Poncho celeste, pena en el alma.

Pedernera, cuenta Ernesto Sábato, puso el corazón de su general en un tarro de aguardiente y cabalgó con él, apretado al pecho, hasta ponerlo a salvo en Potosí.

Llegaron a Bolivia, dieron cristiana sepultura al general y sufrieron el dolor del exilio hasta que volvieron a luchar por sus ideas. Y llegó Caseros. Y llegó La Ley de leyes del ‘53. Y la justicia y la paz. Y fuimos un estado organizado que desarrolló sus instituciones y al cabo de medio siglo se convirtió en potencia mundial.

Escribo con el orgullo de descender de esa calidad de hombres, con el orgullo de tener espíritu de “Libre del Sur” y de “Columna de Bronce”.

Paradójicamente, la política actual nos divorcia de nuestro pasado y nos corta las raíces. Bajan de los monumentos a los héroes y los arruinan pintando pañuelos y grafitis.

El pasado es un lugar lleno de muertos que mejor olvidar, del presente mejor no hablar… la filosofía actual focaliza en el futuro. Todo lo bueno es lo que está por venir, solo que medio demorado.

El problema de no saber de dónde venimos es que puede confundirte en hacia dónde vamos.

Hoy leí que el poncho celeste con que Matías Ramos Mejía envolvió los huesos de Lavalle está exhibido en el Regimiento de Granaderos a Caballo.

Es por ahí. Como argentinos, nos hace falta recuperar un poco de espíritu de columna de bronce.

(Juan Martín Perkins Ramos Mejía).  

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